sábado, 3 de junio de 2017

Rosina Conde: homenaje a una escritora extrema


 Francesca Gargallo Celentani*

Se solicita señorita
para trabajo fácil.
No importa que ignore el lenguaje académico
y quiera comprarse televisor a colores.
Lo que importa es que no exija
un lugar en la historia
que no ponga en crisis al servicio...
Rosina Conde

Ocho minutos tengo apenas, ocho minutos para decir corriendo que si conozco a Rosina Conde es porque en 1992 leí que se presentaba una cantante que, nada menos, era la escritora de los cuentos de un libro que me había dejado asombrada: El agente secreto. Recopilaba situaciones de soledad, utilizaba un lenguaje directo, evocaba el mar, el tiempo, relaciones confusas, una ciudad de frontera, la pujanza comercial, el miedo, la necesidad de otros panoramas. Me enfrentó a un protagonismo sin comunicación, propio de mujeres fuertes separadas entre sí por muros de aire fresco. El estilo era conciso, rápido y nostálgico a la vez.
En ocho minutos intentaré evocar un auditorio de Coyoacán donde me enteré que esa mujer menuda, de pelo lacio, corto y café claro que cantaba blues era una todóloga, que se presentaba con su hijo, que bordaba, cosía, estudiaba y hacía teatro. Ahí me regaló un libro de frases rítmicas y cortadas que eran poemas, De amor gozoso (textículos) (Desliz, 1991), donde desfilan sus juegos, sus amigas, su educación, sus días y las obligaciones de aprender a ser por sí misma.
Parece poco pero es por esos y otros poemas que sé quién es Rosina. Una mujer que quiso estudiar medicina, antropología y vivir en la Ciudad de México, a la que su padre destinó a la decoración de interiores tal y como la enseñaban en una universidad estadounidense, que tenía amigas inconvenientes con ropa de la India y una verdadera pasión por la música. En fin, una jovencita que ha crecido. Una voz que se indigna por las injusticias concreta del diario mexicano. Una curiosa, una hiperactiva, una sentimental.
Con el tiempo, descubriría que la poesía de Rosina encierra una intensa narrativa de andar épico, los actos de denuncia de lo injusto, lo absolutamente intolerable, de las muertes y los dolores inútiles. También representa una lírica de la esperanza, que en parte es resilencia, en parte irrefrenable deseo de un buen vivir, sin miedo. Sus poemas a las mujeres de Ciudad Juárez, de reciente y, como siempre, artesanal edición, dan muestra de este afán de decir basta y respetar el cómo del basta que otra mujer, su igual en otra condición, escupe en cara a la sociedad; el mismo basta sobre el que se encarama para ser de otro modo, viva, actuante, plena.
Puesto que la escritura de Rosina nunca es ajena al momento, a las condiciones de su entorno y del mundo, se mezclan en ella la memoria y la proclama. A los 43 normalistas desaparecidos el 26 de septiembre de 2014 en Iguala les dedica pensamientos y una canción porque “no tiene consuelo… Al pensar en lo grotesco De este hecho en Ayotzinapa Que me hiela hasta los huesos…”.
Confieso que nunca he leído ni he presenciado una puesta en escena de sus obras teatrales. ¿Por qué? Quién sabe, quizá nunca me enteré. No soy literata, soy lectora y escritora, me dejo enamorar por lo que encuentro en el camino. También reconozco que su novela La Genara me impactó por la libertad innovadora con que Rosina abordó un género clásico, la novela epistolar, utilizando en la ubicación de múltiples relaciones a distancia diversos tonos y condiciones, entre las cuales destaca la relación entre dos hermanas que encarnan dos modos muy femeninos de liberarse. Usa por ello medios que en ese entonces eran propios del trabajo de oficina, como el fax, con sus textos cortos, casi inmediatos, así como cartas y telegramas. Separaciones, desobediencias, miedos, rencores, dudas se entrecruzan en las líneas que van y vienen entre Genara, Luisa, Francisca, un anónimo, Fidel y Eduardo. En La Genara además de la historia de sororidad entre Genara y Luisa, enfrentadas ambas a la institución matrimonial, hay una sólida denuncia de la violencia que padecen las trabajadoras de la maquila en la frontera; es una condición que, por voz de Luisa, la hermana que ha emigrado para estudiar y vivir libre de la familia, manifiesta la semejanza entre todas las formas de aprisionamiento femenino: la fábrica como el matrimonio. En la novela, los hombres detonan reflexiones sobre el sexo, la violencia conyugal, las crisis de anorexia, la cultura, el narcotráfico, pero indefectible es sólo la relación de Genara y Luisa, que sugiere admiración y acompañamiento.
Años después, Como cashora al sol (2007), revela sin ambajes que Rosina Conde es una autora contundente, incómoda, irónica, directa. Las cashoras, lagartijas que se tumban al sol, son las mujeres de mala reputación, en efecto. Las protagonistas, tres hermanas, Antonieta, Cristina y Cecilia, en la década de 1960, mientras Estados Unidos está enfrascado en la guerra de Vietnam, desean liberarse de una vida familiar que las hace sufrir. Las tres son objeto de violencia intrafamiliar, violaciones, sexualidades aprisionadoras y tratos degradantes. El amante de Cecilia, Pedro, marido de Antonieta, piensa que todas las mujeres “son iguales”, es decir, putas. La esposa está furiosa, duda de sus angustias, quiere saber lo que todo mundo sabe y nadie dice. La madre de las tres, increpa a Antonieta diciéndole que su marido y su hijo a final de cuenta son hombres y que si Antonieta cuestiona a su marido perderá también a su hijo. Cristina consume drogas con Miguel, tachado por la sociedad de ser cobarde, porque ha renunciado a la nacionalidad gringa con tal de no ir a la guerra, el mismo que en pleno trip la agrede sumergiéndole la cara en un plato de pasta hirviendo porque los fideos se le figuran gusanos. La muerte de un hombre, sin embargo, no es tolerada por la sociedad.
Novelista que esgrime un habla de frontera como quien reivindica una cultura, es sobre todo en sus cuentos que Rosina se revela como la escritora miliar de la distancia entre una literatura de recuento de agravios y la narrativa de la vida propia de las mujeres mexicanas. En ellos, los y las protagonistas son sujetos de un estilo que aborda las virtudes y los defectos de la contingencia de procesos de explotación, violencia y liberación que se hacen historia. Sus personajes femeninos abren caminos, equivocándose en ocasiones, dudando, pero con un empuje vital digno de una humanidad en plena. En Arrieras somos… (1993), un puñado de historias elabora la épica de una joven enamorada, una embarazada, una madre con miedo, una hija que se rebela a las obligaciones sociales y los mandatos paternos. Rosina las hace andar la vida con el arrojo propio de una arriera, acarreando recuas de dolores y dudas, enfrentando caminos que otras utilizarán en un después incierto. Las arrieras, las abridoras de sendas, sarcásticas, soñadoras, enfrentadas al despeñadero.
Ya se me acabaron los ocho minutos. No puedo decir más que si Rosina es hoy una autora de culto, yo pertenezco a su iglesia.

* Feminista autónoma, investigadora y escritora.


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