sábado, 21 de mayo de 2011

MUJER VS. MUJER

Para mis hermanas, gracias por su confianza, por su escucha, por compartir.
Por Karina Ortiz

Este título me remite al grupo español Mecano, quienes en el auge del pop “ochentero”, abordaron en una de sus canciones la relación sentimental y pasional entre dos mujeres. Seguramente la han escuchado, y si no, es altamente recomendable…

Lamentablemente, el tema del presente escrito no se refiere a los vínculos amorosos que existen entre las mujeres, sino a aquéllos trastocados por la violencia, misma que puede estar presente en diferentes contextos: la familia, la pareja, la comunidad, el trabajo, la escuela, entre otros. Las mujeres, en diferentes tipos de relaciones pueden ejercen violencia: mujer vs. mujer.

Estas situaciones me indignan, me enojan, me entristecen, pero no me sorprenden. Sería una postura esencialista y hasta infantil, creer que las mujeres, por el hecho de serlo, estamos al margen de reproducir los valores del sistema patriarcal y capitalista que nos construye y oprime.

La rivalidad entre mujeres se manifiesta de una manera tan “natural” que se ha dado por sentada como algo inherente a nuestras relaciones. “¡Con amigas así, para qué quiero enemigas!”, escuchamos decir por doquier, y aunque se exprese a manera de broma, existe la creencia, fuertemente arraigada, de que una hermandad auténtica entre las mujeres es del orden de lo imposible. El patriarcado ha cumplido con uno de sus objetivos, convencernos de que cualquier mujer es nuestra contrincante en potencia.

A veces las mujeres le hacemos el juego al patriarcado sin cuestionar sus reglas, como en la lucha libre le entramos a las patadas, a los sapes, a los pellizcos, piquetes de ojos y hasta “pierrotazos”, pero nuestro ring es la vida cotidiana, y nos jugamos algo más que la máscara y la cabellera. Al final, nos jugamos la posibilidad de vivir una experiencia única, estar libres de las ataduras del patriarcado que nos impele a mantenernos en constante disputa con las otras.

Pero hay situaciones que van más allá de rivalidades y envidias, y que tocan los más profundos odios y resentimientos, los cuáles se expresan en actos de discriminación, de maltrato y violencia.

Dado que los ámbitos de ocurrencia de la VIOLENCIA QUE LAS MUJERES EJERCEN EN CONTRA DE OTRAS MUJERES son múltiples, el foco de atención de este texto será la esfera laboral, no sólo para darle mayor orden a las ideas, sino porque es el espacio en el que habito la mayor parte de mi tiempo, y es también el espacio en el que, en un corto periodo, he podido conocer diferentes historias que me cuentan, que observo y que hasta he vivido.

“Me gritó… me insultó… me miró de una manera que me hizo sentir humillada… me persigue, me acosa” ¿Por qué algunas mujeres, desde cierto cargos de poder, actúan según los cánones patriarcales? ¿Por qué eligen la violencia y la coacción como recursos principales para ejercer su autoridad?

No voy a entrar en consideraciones sobre características de la personalidad, problemas de autoestima o estrés laboral, pues eso sería justificar la violencia como una respuesta que no se puede controlar, cuando es de hecho, un acto elegido e intencional. Se elige a quién violentar, en qué momento y con qué tácticas.

En estos escenarios cotidianos hay relaciones de poder-subordinación que se entretejen con los hilos de los malos tratos. Como si los cargos de poder estuvieran asociados inevitablemente al autoritarismo y el despotismo.

“Aquí yo tomo las decisiones… aquí hay jerarquías… aquí no andamos con jueguitos de democracia”.

Pero también utilizan el silencio, la indiferencia y el rechazo como herramientas para mantener el control. Hay mujeres que instauran verdaderos regímenes de terror en los equipos de trabajo que tienen a su cargo, y que incluso logran manipular la situación de tal manera que de pronto las trabajadoras se ven acosadas por el resto de sus compañeras/os (mobbing).

Cómo puede ser posible que sientas miedo o ansiedad antes de tocar a la puerta de “la jefa” o que su sola presencia cambie por completo el ambiente y la dinámica laboral, y no precisamente para bien. En alguna ocasión escuché algo tan absurdo como que “la jefa tiene personalidad fuerte o su manera de hablar es muy directa”. Qué manera de confundir, justificar o negar una realidad que es, a todas luces, un ejercicio abusivo de poder.

¿Y qué hacemos ante esto, los hombres y las mujeres que compartimos los mismos espacios de trabajo, que vivimos o somos testigos de este tipo de actos violentos? En mi escrito anterior, mencioné que no bastaba con las pláticas de pasillo o a la hora de la comida, o con las quejas interminables mezcladas con el sabor de un rico café. Y fue a partir de su publicación que algunas compañeras me comentaron que no era nada fácil denunciar, algunas lo han considerado, otras no y están las que sí han alzado la voz... ¿Pero qué ha sucedido? NADA.

Efectivamente, yo sé que la denuncia requiere algo más que armarse de valor o estar cansada de vivir la misma situación todos los días, implica saber que tienes derechos, que puedes ejercerlos y que van a ser garantizados por las autoridades correspondientes. Pero esto no es así. Cuando tienes una familia que mantener, cuando tienes que pagar la renta, cuando en tu trabajo no hay mecanismos que den respuestas oportunas y eficaces, cuando no tienes la garantía de no sufrir represalias como el despido o recrudecimiento de la violencia, la única alternativa posible es guardar silencio.

Claro que entre nosotras nos escuchamos y nos contenemos, pero para efectos de justicia no es suficiente. He visto a mujeres llorar de rabia y de frustración ante la falta de respuestas institucionales, ante la indiferencia de las autoridades y ante la revictimización por parte de funcionarias y funcionarios públicos que debieran estar para brindar soluciones y no para evadir su responsabilidad, poner en tela de juicio nuestro decir o sencillamente mandarnos a psicoanálisis.

El discurso de los derechos humanos no ha aterrizado en una práctica concreta basada en la equidad, en la justicia y la dignidad, por el contrario, hay un sistema que promueve y legitima la violencia que ejercen los hombres y las mujeres contra las mujeres a través de la impunidad, la omisión y la complicidad, sistema que se reproduce en cada una de sus instituciones, y la laboral es una de éstas.

¿Qué ganan las mujeres en tanto generadoras de violencia? ¿Es tanto su afán de poder, de control y de prestigio que siguen a pie juntillas el modelo de autoridad patriarcal? Algo ha de tener de atractivo, porque también conozco a algunas aprendices que van detrás, paso a pasito, alzando mantas al aire que enuncian: “Yo soy fan del patriarcado”.

Me parece que ya es momento, y vamos tarde, de comenzar a deconstruir en los espacios laborales, los pilares de la estructura patriarcal, resignificar las nociones de poder y autoridad para darle cabida a prácticas democráticas desde el reconocimiento pleno a los derechos humanos, la equidad de género, la diversidad, el trabajo digno y relaciones laborales libres de violencia.

Mujeres: es tiempo de unir nuestras voces y fuerzas, de organizar la resistencia frente a los abusos de autoridad y frente a la violencia, provengan de hombres o de mujeres. Es tiempo, y también vamos tarde, de hacer hermandad con las otras, aunque para algunas eso implique renunciar a los privilegios que el poder masculino ofrece… ¡Renuncia, vale la pena, de este lado el azul del cielo es más intenso!

Karina

"Lo personal es político"

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